El autor que se hace maestro, las tipologías de George Steiner y la ósmosis

Foucault decía que el acto de enseñar es un ejercicio oculto o abierto de relaciones de poder. En la enseñanza vinculada al trabajo de autor de tintes artísticos, entran en juego dos palabras de una tradición íntima y legendaria: autor y autoridad. Toda relación de poder conlleva una connotación autoritaria y jerárquica tangible e intangible, y el autor con un posicionamiento transparente en tono y forma, acarrea una relación propia con el ego, que a su vez forma parte de la autoridad. Esto tiene relación con una pregunta que ha sobrevolado ciertos círculo, y que debe tener un calado mucho más profundo y de análisis casi moral: ¿Es posible que un autor sea profesor?

Me gustaría “apropiarme” de una relación categórica aportada por George Steiner en su libro “lecciones de los maestros” donde divide la relación profesor-alumno en tres tipos:

Un primer tipo de maestros que han destruido a su discípulo, quebrantando su espíritu, consumida sus esperanzas, se han aprovechado de su dependencia e individualidad. Steiner habla de vampiros del alma.

Un segundo tipo donde los propios alumnos han transgiversado, traicionado y destruido a sus maestros.

Wagner y Fausto entre los caminantes de Peter von Cornelius.
Wagner y Fausto entre los caminantes de Peter von Cornelius.

Y finalmente la tercera categoría es la del intercambio, el eros de la mutua confianza e incluso amor. Es un proceso de interrelación, de ósmosis, el maestro aprende de su discípulo cuando le enseña. Entendemos estas relaciones más abruptamente o más matizadas porque en mayor o menor medida las hemos vivido. Cuando estas, además, se entremezclan con su trabajo de autoría, se vuelven más sensibles.

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El Discípulo Amado recostado cerca del pecho de Jesús en el cuadro La Última Cena, pintura de autor anónimo ubicada en la Catedral luterana de Nuestra Señora de Haderslev, en Dinamarca.

El paradigma de poder, incluso la erótica de la admiración en la relación entre alumno y profesor nos lleva a plantearnos las siguiente cuestión ¿Porque ir a un taller o acudir a una clase de un autor? La admiración sobre el autor-profesor que conocemos a través del que dijeron, del que percibimos en su trabajo personal, del que mitificaron/mitificamos y ensalzaron/ensalzamos puede acentuar la tensión, desvirtuar realidades a través de expectativas y si esta tensión se estira demasiado en el tiempo, nos podemos encontrar con los modelos aportados por Setiner como el primero (Maestro destruye a la alumno) y segundo (Alumnos destruyeno desmitifican al maestro), generando una desazón irremediable.

La frontera entre la admiración a la decepción en estos casos es una linea muy fina de traspasar, donde la polarización se hace muy evidente a cada paso mal dado, a cada falta de reflexión previa sobre la responsabilidad que nos atañe, a cada minuto donde la transmisión no es intercambio, a cada visión que anuncia cátedra, a cada falta de proponer diálogo, a cada “si lo hago yo que he triunfado” de forma intangible o a una falta de coherencia con la propuesta donde se enclava la intervención, perderemos una oportunidad y un tiempo valioso en poder ser el tercer maestro de Steiner.

Esa tercera opción: Ósmosis e interrelación, igualar “saberes”, gestionar y gestionarse el ego, las sensibilidades, en definitiva la tensión inicial jerárquica que llevamos en la cultura de relación pedagógica en relación a profesor-alumno-autor, se transforma en una sinergia más potente pedagógicamente. Esta relación no habla solo del contenido o forma en la cooperación o colaboración externa, intelectual o de “saberes”, si no interna balanceando y logrando equilibrios de interrelación vitales a todas las partes que participan de dicha interrelación.

Más allá de afrontar un espacio formativo con las preguntas ¿Quién soy? y ¿Qué enseño?, es importante plantearse de forma intensa ¿Cómo lo enseño? ¿Cómo lo puedo mostrar? Si el cómo es adecuado y se asume el compromiso entre las partes mi respuesta personal a la pregunta ¿Puede un autor ser profesor? Es un sí rotundo. Si por el contrario no asumimos ese compromiso, que evidentemente necesita de un ejercicio con uno mismo y el resto de equilibrios y tensiones, estaremos cometiendo un error fundamental para la práctica de la docencia entendida como intercambio de conocimiento natural y compartido dentro de practicas expresivas. Entendiendo esta labor no como un elemento de transmisión unidireccional de saberes y afirmaciones categóricas, si no como un orientador horizontal de su propuesta, con un firme pero flexible ejercicio de posicionamiento en la labor que realiza, así como la capacidad de gestionar, actualizar habilidades propias, y navegar entre la sensibilidades ajenas.

Autor: Carlos Albalá

Tal vez sea un desaprendedor vocacional de apellido con vínculo

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